sábado, 29 de enero de 2011

Ruido de fondo.
Blues.
La voz en huelga, al paso impreciso del rubor de una promesa consigo de tregua. Templando, compás de vals, su echarle de menos, de menos y vuelta a empezar. Quiéreme, ilusa. La embriaguez del cuerpo dejándose llevar, brindis de inercia e inconsciencia,
volverá.

sábado, 15 de enero de 2011

Cómo ante el inmenso presagio de su acabar al fin. Perdido el intento y propósito de vencer el culminar resabido del llanto, en aquel amanecerse de nuevo. Sobrevivida. Y despuntar el pretender, reencontrándose en el eco de tantos nombres, Dios mío, a los que salvarse para comprender el hecho atrás. Bailar el absurdo de quererse por maldecir al corazón y resolver el motivo de su lejos. Lejos. Acaso emprender la huida, una suerte de fuga para sí y cualquier. El grito clamando de no poder y hambre, con el puño alzado para recordar qué vestigio del alma suya. Batallar la risa de oportunidad que concibe esta ilusión al comenzar la pasión de ser, sin ser en ella. Ruido de fondo.

domingo, 9 de enero de 2011

Reanuda la levedad del sentir con ínfimas casualidades que relativizan la individualidad colmada de caminar, en ausencias presentes en cualquier instante que debiera recordar y no por ello preserva en su monólogo de pensamiento reciente. Tras la nubosidad impuesta por sí y para universalizar el silencio jocoso que concurre a soledades atrás, y tantas necedades de amar y mar que menosprecian el fue y es, traduciendo coloquialmente este futuro inocuo, esperanzado de no saber siquiera lo que ocurrirá en aquel cielo lejanísimo y a conquistar que promete horizontes y nuevas. Nuevas a resumir deprisa y corriendo, sin determinar muy bien cómo ni cuándo tendrá lugar el vivir de veras, en palabras reales que sinteticen y exploten por fin la quietud del tiempo despacio, transcurriendo inmutable , puntualmente hacia el sueño a cumplir y no llega. Camino a través de sus pánicos recontados hace lunas por quién, quién conoce el secreto implícito en su existir escaso de días febriles, en los que volatizar el verso no incluye desaparecer de él, de sí, del abatimiento de no poder ni querer reconducir el imposible a malograrse en arenas de todos los veranos compartidos, ante la certeza inequívoca de concluir demasiado pronto. Libre a su pesar de ceder razones y otros milagros de vuelos que no le pertenecen, ajenos al mirar desolado de lo que finaliza sin posibilidad de rebatir el actuar cómo.